Del tiempo sideral al de tu reloj: ¿por qué la que vemos no es la hora real?
¿Cómo llegamos a medir el tiempo de la forma en que lo hacemos? He aquí un recorrido que nos lleva de la hora de las estrellas a la que vemos en nuestra muñeca.
La hora, una palabra que usamos cotidianamente, sin pensarlo, nos da certeza, nos ayuda a organizarnos y, sobre todo, a vivir en sociedad. Es así como expresamos unidades de tiempo. Nada más natural que mirar nuestro reloj y leer la hora, dando por sentado que se trata de un dato incuestionable, sobre todo si contamos con un reloj en cuya precisión confiamos ciegamente.
Sin embargo, pocas veces reparamos en una cuestión: la forma de medir el tiempo no es una sola, hay varias formas de calcularlo. Existen distintos niveles de medición que van desde lo más lejano a nosotros: el espacio sideral, hasta lo más local: el lugar donde vivimos. Conocer la hora en sus diversas formas es el resultado de estudios astronómicos, físicos, geológicos e incluso de decisiones políticas.

Midiendo el tiempo de las estrellas: la hora sideral
Más allá de nuestro planeta el tiempo toma otra dimensión, pues nuestra forma de medirlo solo tiene sentido para nosotros. No es una propiedad del universo, es una herramienta que construimos para orientarnos dentro de él.Hay un tiempo humano y un tiempo cósmico, el primero es relativo a la rotación terrestre, y el segundo, al observador y la gravedad. El tiempo cósmico se mide con respecto a las estrellas que, desde nuestra perspectiva, permanecen inmóviles en el firmamento.
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Esta medición da como resultado la hora sideral que sirve para conocer nuestra ubicación en el universo. Se mide tomando en cuenta el tiempo que tarda la tierra en hacer una rotación de 360 grados sobre su propio eje, en lugar de medir el tiempo que tarda en dar la vuelta al sol, tomando como referencia el lugar exacto del cielo donde el Sol cruza el ecuador celeste cada equinoccio de primavera, llamado Punto Vernal (o Punto Aries). Cuando ese punto cruza el meridiano bajo el que estamos ubicados serían exactamente las 0:00 en hora sideral.

La primera discrepancia
El día sideral dura 23 horas, 56 minutos y 4 segundos, ya que mientras la Tierra completa una rotación respecto a las estrellas, también va avanzando en su órbita alrededor del Sol, y ahí ocurre un desfase de cerca de un grado, la Tierra necesita girar un poco más para que el Sol vuelva al mismo lugar del cielo que el día anterior. La diferencia de casi 4 minutos se va acumulando hasta que, al cabo de un año, ha ocurrido una rotación completa más. Es por eso que, en días siderales, ocurren 366 rotaciones terrestres por año, en lugar de las 365 que contamos en días solares.
El tiempo respecto al Sol: La hora solar o verdadera
Más cercana a nosotros está la hora solar, también llamada hora astronómica, y es la que marcan los relojes de sol. Cuando nuestro Sol cruza el meridiano en el que estamos y alcanza su punto más alto, nuestro reloj solar marca exactamente las doce del mediodía. La hora solar es la más “real”, pero presenta un problema: no es uniforme. La duración del día solar varía a lo largo del año porque la órbita terrestre marca una elipse, y porque el eje de la Tierra está inclinado.

La combinación de estos dos factores hace que el Sol real se “adelante” hasta 16 minutos y medio, o se “atrase” hasta 14 minutos en un año, respecto a un reloj mecánico. Solo en cuatro fechas del año: 15 de abril, 13 de junio, 1 de septiembre y 25 de diciembre, ocurre que un reloj de sol y un reloj mecánico coinciden exactamente. Este fenómeno se aprecia claramente en un analema solar, la curva que describe la posición del Sol en el cielo si lo observáramos desde el mismo lugar y a la misma hora durante un año.

La hora solar media u hora civil: el Sol ficticio
La solución a este problema fue inventar un sol ficticio que se desplaza de forma constante, uniforme, y completa su ciclo en exactamente 24 horas, sin excepción. La implementación de un sol medio inexistente constituye el primer sacrificio importante: la exactitud del sol real a cambio de la uniformidad que otorga un sol inexistente, pero previsible. Esta nueva medición se conoce como hora civil.
Aunque el sol medio no existe realmente, ha permitido que los relojes mecánicos, y después los digitales, funcionen con una duración de día perfectamente uniforme. La hora civil es la que aparece en los anuarios astronómicos, la que rige los cálculos de efemérides, la que finalmente reemplazó a la hora solar verdadera como estándar práctico en toda Europa hacia mediados del siglo XIX.

Zanjar la discrepancia: la Ecuación del Tiempo
La diferencia existente entre la hora que marca el Sol real y la hora civil, la que marca el sol ficticio, es lo que llamamos Ecuación del Tiempo. Esta discrepancia fue, durante siglos, un problema práctico real, pues cuando los relojes mecánicos empezaron a popularizarse en Europa, la gente notaba que no coincidían con los relojes de sol que acostumbraban usar y había que publicar tablas anuales con la Ecuación del Tiempo para hacerlos coincidir.
La diferencia que la Ecuación del Tiempo indica no es propiamente una operación matemática, su nombre viene del latín adequatio, que significa “corrección”, pues su función es precisamente hacer una adecuación de la hora solar verdadera para hacerla coincidir con la hora solar media u hora civil.

El tiempo como decisión política: la hora oficial y la hora legal
El establecimiento de la hora civil consiguió la uniformidad, pero solo localmente. Cada ciudad del mundo tenía su propio horario individual que ajustaban con la Ecuación del Tiempo, lo que subsanaba un problema, pero presentaba otro, que llegó con la aparición del ferrocarril y el telégrafo que exigían horarios coordinados entre las distintas localidades.
La solución llegó en 1879, cuando el astrónomo canadiense Sir Sandford Fleming propuso dividir la Tierra en 24 husos horarios, cada uno abarcando 15 grados de longitud y con equivalencia de una hora. Su idea era sencilla: si el planeta tarda 24 horas en dar una vuelta completa, cada huso horario representa una de esas 24 partes. Gradualmente el mundo fue adoptando este sistema, que simplificó enormemente la vida cotidiana a medida que aumentaba la conectividad entre localidades. La hora que marcaba cada huso horario se convirtió así en la hora legal.

Cuando parecía que todo estaba resuelto apareció una medición más: la hora oficial que no es más que la establecida por los gobiernos de cada país. Se puede adelantar o atrasar por razones comerciales, políticas, incluso para aprovechar la luz solar, como ocurre con el horario de verano. Así que en ocasiones algunos países utilizan un huso horario distinto al que le correspondería legalmente, haciendo del tiempo ya no un fenómeno astronómico sino una decisión meramente gubernamental, y a esta convención la llamamos también hora local.
Observando nuestro propio tiempo: más lejos del cielo, más cerca de nosotros mismos
El esfuerzo por medir y ordenar el tiempo, que empezó en el espacio sideral y poco tenía que ver con nuestra vida común, acabó convirtiéndose en una cuestión subjetiva. Gradualmente dejamos de mirar el firmamento y empezamos a mirarnos en nuestra cotidianidad, resolviendo las necesidades conforme surgían y adecuando a ellas nuestras mediciones.

Más que una sucesión de distintas “horas” el recorrido del tiempo sideral hasta la hora local cuenta la historia de cómo la humanidad fue alejándose progresivamente del cielo para poder vivir en sociedad. El tiempo sideral nos sujetaba a las estrellas. La hora solar nos ataba al Sol real, con toda su irregularidad. La hora civil inventó un Sol ficticio para corregir esa irregularidad. La hora oficial sacrificó la precisión geográfica en nombre de la coordinación entre ciudades. Y la hora legal o civil, finalmente, dejó el tiempo en manos de los gobernantes.
Cada forma de medirlo resolvió un problema práctico real, pero nos fue alejando de aquello que originalmente motivó la medición del tiempo: saber en qué momento del día y del año nos encontrábamos realmente. Adoptar una forma de cálculo a favor de otra no es necesariamente una pérdida. Es, más bien, el precio de construir un tiempo compartido, predecible y útil para millones de personas que ya no viven mirando el cielo, sino mirándose entre sí, un tiempo en el que la hora se pueden leer con solo un golpe de vista a nuestra muñeca.

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Karla Otero
Durante más de 20 años he escrito sobre arte, moda, estilo de vida y, por supuesto, sobre relojes, siempre pensando en la precisión, la belleza y el pulso creativo del tiempo.
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