Un pedazo de cielo en la muñeca: la fase lunar
La fase lunar no debe faltar en ninguna colección porque es la complicación que trasciende la utilidad: no decimos que simplemente mide el tiempo del hombre, sino el del cosmos.
Ninguna complicación despierta tanta poesía como la fase lunar. Presente en relojes de bolsillo desde el siglo XVI, cuando la agricultura y la navegación dependían del calendario lunar, dio el salto a la muñeca en los años veinte: Patek Philippe marcó el camino en 1925 con el primer reloj de pulsera con calendario perpetuo y fase lunar, y consagró la fórmula con la referencia 1518 de 1941, el primer cronógrafo con calendario perpetuo producido en serie. Rolex firmó sus propias leyendas lunares con las referencias 8171 “Padellone” y 6062 a finales de los cuarenta.

¿Cómo funciona? El secreto está en un disco que porta dos lunas y lleva 59 dientes en su perímetro. Cada medianoche, un dedo del mecanismo de calendario lo hace avanzar un diente. ¿Por qué 59? Porque el ciclo sinódico de la Luna —de luna nueva a luna nueva— dura 29.5 días, y 59 es exactamente dos ciclos: cuando la primera luna termina su recorrido por la ventanilla, la segunda entra en escena. Por eso los discos clásicos llevan dos lunas.

El enigma de los 28 y los 31. Aquí se resuelve la aparente contradicción: la rueda de fecha del calendario marca hasta 31 días, pero el disco lunar no depende de ella. Ambos reciben el mismo impulso diario, aunque cada uno gira sobre su propio tren de engranajes: el de la fecha completa su vuelta en un mes civil, mientras que el lunar avanza a razón de un diente por día sobre sus 59 posiciones. Son dos calendarios paralelos bajo la misma carátula.
Eso sí, el ciclo real dura 29 días, 12 horas y 44 minutos, así que la aproximación de 29.5 acumula un día de error cada dos años y medio. Las fases lunares astronómicas lo corrigen con ruedas de mayor dentado —como los 135 dientes que logran precisión de 122.6 años— e incluso existen mecanismos con desviación de un día en dos millones de años, el récord de Andreas Strehler.

El arte del disco. Las mejores técnicas para crear la luna (o las dos lunas) son un capítulo de métiers d’art: esmalte grand feu sobre discos azul profundo, lacado a múltiples capas, cristal de aventurina que simula el firmamento estrellado, oro grabado con láser para lunas fotorrealistas con cráteres, nácar, guilloché y hasta meteorito auténtico, como el disco lunar del Rolex Cellini Moonphase.

Cómo ajustarla. Primero se localiza el corrector (o la posición correspondiente de la corona). Se presiona hasta que la luna llena quede perfectamente centrada en la ventanilla. Luego se consulta un calendario lunar, se cuentan los días transcurridos desde la última luna llena y se presiona el corrector esa cantidad de veces. Regla de oro para los relojes que regularmente la muestran: nunca manipularla entre las nueve de la noche y las tres de la madrugada, cuando el calendario está engranado.

Las lunas de 2026. El año pertenece al A. Lange & Söhne Lange 1 Calendario Perpetuo “Lume”, presentado en Watches & Wonders: su fase lunar inclinada, precisa a 122.6 años, gira sobre un cielo luminiscente que rota cada 24 horas. Algunos otros importantes son el poético Van Cleef & Arpels Midnight Jour Nuit Phase de Lune y el nuevo Oris Artelier Complication.

Conclusión. La fase lunar no debe faltar en ninguna colección de alta relojería porque es la complicación que trasciende la utilidad: no decimos que simplemente mide el tiempo del hombre, sino el del cosmos. Es astronomía, arte y mecánica en dos centímetros de carátula: la prueba de que un reloj puede ser, literalmente, un pedazo de cielo.
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